viernes, 11 de marzo de 2011

EL DON DEL ESPÍRITU CRÍTICO (Por Carlos Hernández Castellano)

Observar, pensar, deducir. Ignorar, pasar, callar. Be or not to be.
Vivimos rodeados de infinidad de cosas. Naturaleza, seres humanos, ciencia, tecnología, desigualdades, injusticias... Muchas personas, cegadas por completo por una amalgama de contextos inhumanos y artificiales, adoptan un sentimiento de grandeza, un complejo egoísta que puede alcanzar límites insospechados. Nos olvidamos, por tanto, de lo insignificantes que somos, de nuestra diminuta existencia en la bastedad del universo y de nuestra pasajera vida. Nos olvidamos, también con muchísima frecuencia, de lo más importante e indispensable de la vida: el simple hecho de vivir. A menudo lo substituimos por estúpidas creencias en lo materialista o en lo supérfluo, y no hallamos e intentamos engrandecer la inteligencia y la sabiduría que nos diferencia del resto de los seres vivos de nuestro planeta.




En referencia a este asunto, el don del espíritu crítico reside, como seres racionales, en cada uno de los miembros de la especie humana. Este sentimiento, esta forma de ver el todo que nos rodea, es fruto excepcional de la observación, la meditación y la deducción. El problema de la manifestación de este sentimiento, como el de muchos otros tales como el humanismo, el altruísmo o la empatía, son causa del contexto y el entorno del ser humano. Y es que el individuo, rodeado de competencia artificial con los miembros de su propia especie, se vé obligado a destruir mentes y entornos para promulgar y conseguir el objetivo materialista que el sistema político y económico impone. Así convierte en legítima la lucha fraternal, y sustituye la condición meramente humana y natural por la materialización de su mente y su entorno. En este caso, el Darwinismo pasa de lo natural en las especies vivas del planeta y se convierte en una competencia artificial para la supervivencia. La desnaturalización del ser humano es, por tanto, del todo palpable. Con ello, en un medio donde esta desnaturalización provoca la riqueza material, y donde la pobreza está callada por el propio sistema que la provoca, la inteligencia del ser humano pasa a un segundísimo plano. El espíritu crítico, fruto de la evolución de la mente humana, que en si tiende a preguntarse por los sucesos y a cuestionar la forma en cómo se desarrollan y se aplican las alternativas, se desvanece en la mayoría de la sociedad, expresándose en un tanto por ciento reducido de humanos, pero latente en cada uno de ellos.
Por naturaleza, el ser humano es un animal como los demás. Como tal tiende a la mínima actividad, es decir, a la máxima eficiencia de su metabolismo corporal, a la mínima pérdida de energia. Dicha característica dista completamente de la voluntad de cada ser humano, y no es excusa para no enaltecer el espíritu crítico, debido a que, en diferencia al resto de animales, nuestra inteligencia es sufucientemente grande para contrarestar los deseos de mínima actividad y actuar en consecuencia.
Cabe resaltar que el sistema político-económico, dentro de su contexto superproductivista, suele acarrear muchísima carga de trabajo a cada ser humano para supervivencia del propio sistema, y como supervivencia obligada del propio ser humano. Esto hace que todo sujeto vea como legítima la sobrecarga de trabajo para su existencia, y que quiera alcanzar el imaginario económico de supermaterialismo a través de este sistema esclavista. Dicho así, esta situación inactiva el espíritu crítico de las personas y lo sustituye por una resignación legítima.
Esta resignación, la desaparición del espíritu crítico es, por una parte, fruto de la carga de trabajo (que se podría convatir con la fuerza de voluntad en la mayoría de los casos), y, por otra parte, por la aparición sobre las personas de una cantidad de responsabilidades enormes, tanto humanas, sociales, culturales, medioambientales, políticas, económicas... que provocan por aplastamiento la resignación y la mínima actividad.
Ante este contexto tan pésimo para la evolución del ser humano en lo intelectual y en lo humano en si, en la pérdida del espíritu crítico, estamos obligados a actuar. Primero de nada, no podemos ver a esas personas que provocan esta deshumanización, las que controlan el poder político y económico, como malévolos conspiradores, devoradores de almas y existencialmente perversos. Son, simplemente, personas con intereses privados, que anteponen su riqueza a la humanización, y que sus actos los hacen ser seres inhumanos con falta de altruísmo y empatía. Todo esto, esta desigualdad entre seres humanos y la consiguiente deshumanización de la especie y la pérdida de su espíritu crítico, son fruto de la histórica división económica de clases, de ricos y pobres, monarcas y súbditos, colonizadores y colonizados, etc.
Así pues, la única forma de acabar con esta deshumanización provocada por la desigualdad entre semejantes de la especia humana, es acabar con el actual sistema político y económico, que degrada a las personas y a su entorno en si. El hecho de pensar en acabar con este sistema no es cuestión de hablar de política o enaltecer el fundamentalismo, sino de increpar a la existencia de un sistema que destruye el entorno y a la propia especie. Es cuestión, por lo tanto, de simple sentido común.
Para cambiar este sistema y sustituirlo por otro totalmente humano, es necesario de crítica, medios y fines.
De este modo, para cambiar el mundo (y el que crea que no es posible o es meramente utópico es precisamente por la resignación producida por el actual sistema y su extinción del sentimiento crítico, como bien hemos analizado anteriormente), es necesario, primeramente, poner en marcha, utilizar con todas nuestras fuerzas el espíritu crítico de que tanto hemos hablado. Esta característica fruto de la inteligencia del ser humano nos tiene que servir para cuestionarnos la debilidad del actual sistema en lo planetario y lo humano. Nos tiene que ayudar a entender que lo único que puede preceder a este conjunto político y económico es a la debacle del planeta y la especie humana, en pos a las promesas de materialismo y riquezas de que se disfraza. El espíritu crítico tiene que salir de nuestras mentes fruto de la profunda reflexión, y su éxito será visible para todo aquél que se lo proponga. Para cambiar el mundo, debemos entender que tenemos que ser críticos con el actual sistema que lanza por la borda a la sociedad y a la cultura, y visualizar que su permanencia es un suicidio para todos. Debemos, en conclusión, antes de tomar acción y llegar a un objetivo más humano, poner énfasis en la utilización de nuestro espíritu crítico, vencer al cansancio mental y físico, ayudar a las personas que lo requieran, y criticar con todo fervor al sistema que conduce al planeta y a la especie humana a la devable sistémica, para más adelante, actuar como verdaderos seres humanos y alcanzar un sistema realmente justo.

C.H. Castellano

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Carlos Hernández Castellano

2 comentarios:

  1. 100 % de acuerdo contigo Carlos

    Un abrazo,

    Pep Peragón

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  2. Me ha gustado mucho, lo comparto voy a llevar un párrafo a mi blog, por supuesto enlazando el tuyo y tu autoría.

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