sábado, 30 de abril de 2011

LA HISTORIA SECRETA DE LA REVOLUCIÓN VERDE PARTE I (Por C.H.Castellano)

Finalizada la segunda guerra mundial en el año 1945, las bases para el establecimiento del capitalismo como modelo económico fueron aceptadas globalmente por la mayoría de los Estados del globo terrestre. El objetivo de toda nación sería a partir de ahora el crecimiento económico ilimitado y la competencia económica con otra potencias competidoras o desalineadas al modelo económico.




La aparición consiguiente del "american dream" como modelo de vida occidental abarcó las pautas de comportamiento de la sociedad de estos países. Otros países con otros modelos económicos o políticos, o incluso sin modelo alguno, se alinearon al modelo occidental, ya por voluntad propia o por el llamado neoimperialismo del siglo XX (invasiones y guerras). Los avances científico-tecnológicos de la segunda revolución industrial del siglo XX ampliaron en gran medida el nivel de vida de los países de occidente, aumentando así su esperanza de vida. Los países "subdesarrollados" que se incorporaron al modelo occidental sufrieron una explosión demográfica brutal por la súbita incorporación de estos avances en sus vidas (desestabilización de la transición demográfica natural que ocurrió en la revolución industrial de Europa en los siglos anteriores).

Es en estas décadas de evolución, tanto económica, como científico-tecnológica y demográfica, que aparecen ciertas dudas: ¿Cómo abastecer de recursos alimenticios a tan gran cantidad de población emergente? Es entonces cuando, aparentemente de forma altruista, decenas de multinacionales occidentales aparecen con la solución: la revolución verde, basada en el incremento de la productividad agrícola, ha de solucionar este dilema mundial.

La revolución verde se consagró como método ante el problema de la producción de alimentos para la población mundial. Se basó en el aumento de la productividad mediante la modificación genética de plantas como el maíz o el trigo (las más cultivadas) y la aplicación de grandes cantidades de fertilizantes y pesticidas químicos. Estos productos empezaron a cultivarse en grandes extensiones de monocultivos con un gasto enorme de agua y combustibles fósiles.

La producción llegó a multiplicarse por seis en algunas regiones, pero surgen otros muchos problemas:

El aumento de la superficie de cultivo hace desaparecer grandes superficies de bosque y selva tropical; la modificación genética de los alimentos (transgénicos) provoca muchísima pérdida de biodiversidad con las grandes superficies de monocultivo, y son menos nutritivos, incluso nocivos (hasta cancerígenos) para la salud; la aplicación continua de fertilizantes produce un gran impacto por la dependencia de los combustibles fósiles; la aplicación de pesticidas para combatir a las grandes plagas que surgen por la presencia de la falta de diversidad de cultivo en los monocultivos destrozan literalmente el suelo dejándolo inutilizable para la agricultura o para el desarrollo de la vida durante centenares de años, contaminando también las aguas y la atmósfera terrestre.

Desde el punto de vista social, las cosas no han cambiado demasiado, ya que hipotéticamente, una revolución verde que tenía que acabar con el hambre en el mundo deja hoy en día a los continentes de Asia y América Latina con índices de entre el 5 y el 40% de desnutrición, y a países de África con más del 50%.

La revolución verde, que antes hemos comentado que se dibujaba como algo altruista por los países de occidente, supone unos beneficios enormes para muchas multinacionales, que en realidad son pocas, ya que empresas como Monsanto, Syngenta o Cargill Group controlan más del 60% del mercado de semillas transgénicas.

Así pues, la extensión de grandes monocultivos de grandes latifundistas o corporaciones privadas desplaza a decenas de miles de campesinos a la fuerza o los induce a trabajar en condiciones infrahumanas. La promesa de la superproducción de los monocultivos transgénicos hacen abandonar los cultivos tradicionales orgánicos de muchos campesinos, y los endeudamientos de éstos por la obligación de la continua adquisición de fertilizantes y plaguicidas, así como de semillas, que superan de largo los beneficios de la producción, han llegado, por ejemplo, a ser la causa de suicidios masivos en países como la India. El control de los canales de producción y comercio, así como el proteccionismo de los países de occidente en referente a la agricultura, hace que la agricultura en los países menos desarrollados sea una simple moneda para pagar las deudas a occidente y no para suplir el hambre en esos países. La extensión de los monocultivos hace aumentar escandalosamente la falta de trabajo en los países en desarrollo por la substitución de las tierras de cultivo tradicional, una de las causas del aumento de la pobreza. En general, hay un incremento de la desigualdad social, un aumento de la concentración de la tierra, y emigración masiva de los campesinos a las ciudades.

Lo más paradójico de todo es que actualmente, con la producción agrícola, se podría alimentar a 14.000 millones de personas, pero países como el Congo padecen una desnutrición superior al 70%. Además, gran parte de los alimentos que se producen, ¡no son destinados a la alimentación!, si no a la producción de piensos para animales de granja (para satisfacer la dieta neo quasi -carnívora de la nueva sociedad de consumo occidental), así como para la producción de grandes cantidades de caña de azúcar o palma para la producción de agrocombustibles para mezclar con los hidrocarburos tan demandados. Lo más injusto es que en la mayoría de ocasiones los productos fruto de los grandes monocultivos transgénicos que tantas desigualdades sociales e impactos ambientales provocan, acaban en las manos de los países de occidente.

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