miércoles, 15 de febrero de 2012

El socialdarwisnimo: la conducta imperante en el sistema capitalista

Han pasado más de ciento cincuenta años de la publicación de "El origen de las especies", un libro del gran científico y naturalista inglés Charles Darwin que revolucionó las ciencias y la comprensión de un mundo repleto de hipótesis y conjeturas subjetivas que giraba entorno al ser humano de la época. En él se detallaba, entre otras cosas la más significativa, cómo toda especie procedía de un antecesor común, y que los individuos evolucionaban según la selección natural, una ley biológica que garantizaba la supervivencia, el éxito sexual y la descendencia del más apto, mientras que los individuos y especies menos adaptados para la supervivencia en el entorno se extinguían.

Charles Darwin

Desde mi punto de vista, esta obra de Charles Darwin, junto con "El Capital" de su contemporaneo Karl Marx, han sido los textos que han asentado la explicación científica de la naturaleza y la sociedad. Además, el significado de las dos obras puede interelacionarse para analizar, en gran medida, las relaciones de la sociedad en la actualidad.
El análisis histórico de la humanidad nos dice que siempre ha habido opresores y oprimidos, gente con mucho poder y personas sin nada. La sociedad capitalista lo ejemplifica. En estos momentos de incertidumbre y crisis sistémica este escenario se hace más evidente: la élite política y económica, la clase de la burguesía mundial, aprovecha los desequilibrios en el sistema para hacer aumentar las diferencias entre personas y así perpetuar su clase y su estilo de vida, mediante la destrucción de bienes sociales y objetos que promueven, entre otras cosas, la igualdad de oportunidades. No sólo controlan el poder político y económico, sino los medios de comunicación y demás, que legitimizan sus actos. Pero no es objetivo de este artículo explicar la terrible situación actual y cómo se está desarrollando, sino intentar dar respuesta al tipo de conducta o al impulso que la promueve.
El problema de la especie es un problema de valores. Un problema de conducta. Un problema con múltiples efectos adversos y necesitado de múltiples soluciones. El sistema político, económico y socio-cultural, en términos generales, es la máxima expresión del socialdarwinismo, una forma de evolucionar aberrante para la especie humana. 
El sistema capitalista malbarata los recursos naturales para producir cantidades ingentes de productos que deben ser consumidos. Qué más da si son o no útiles, para producir riquezas las personas deben consumir ingentemente. Esto crea un imaginario aberrante, el llamado imaginario económico, por el cual los individuos tienden a una especie de ser supremo que todo lo tiene (en términos materiales). El camino es fácil: competir, ser egoísta con los demás y barrer a quien se interponga en tu camino. Con todo, hemos creado un estigma cultural latente en nuestra sociedad, desde el hogar hasta el trabajo y el sistema educativo. Estamos programados para producir riquezas y consumir, para ser competitivos y egoístas. Es entonces cuando entra en escena este modelo de evolución. El socialdarwinismo da ventaja en el sistema a los individuos competidores y egoístas, pero sobretoto a los que más poder tienen. En cambio, destroza literalmente a aquellos cuyas oportunidades son escasas, a los oprimidos o a la clase trabajadora y explotada, que produce las riquezas para el beneplácito de los capitalistas, burgueses o poderosos, como los queramos llamar. 
El socialdarwinismo es el comportamiento imperante en el sistema, la forma de evolucionar de la humanidad. Egoísmo y competitividad, destrucción social y ecológica, desigualdades, injusticias y opresión. Todo para perpetuar a una clase opresora en reticencia de una clase oprimida.
Hay autores e individuos que lo suscriben. Con todo, es la ley de la selección natural, ¿no? ¿No cabría esperar, como animales, que la humanidad evolucionase tal como postuló Darwin? ¿No está entonces justificado el socialdarwinismo, esto es, la supervivencia del más apto, del más competitivo, de la opresión? Lo estaría si fuésemos simples autómatas o animales sin capacidad de desarrollar una conciencia operativa y crítica. A diferencia del resto de animales, nuestro comportamiento no se basa meramente en lo instintivo. No sólo nos mueve el procurar descendencia o manterner nuestro territorio. La evolución social, cultural, y cientifico-técnica promueve grandes cambios en el comportamiento de las sociedades. La diversidad social y cultural en el planeta, así como la diversidad de valores, así lo demuestra. Incluso los hábitos de una determinada sociedad pueden modificar la estructura genética de sus individuos. Nuestra forma de comportarnos se basa en la expresión de aquello que valoramos, se basa en la cultura de las capacidades y necesidades humanas.
No hay justificación biológica que valga para promover un comportamiento autodestructivo. La falta de empatía y altruismo en la humanidad es fruto de un desarrollo histórico convulso donde ha prevalecido el comportamiento competitivo, egoísta y destructor, precisamente por el ambiente social adverso que ha envuelto siempre a las personas.
No obstante, muchos estudios afirman que evolucionamos hacia una sociedad más altruista y con menos violencia. Debemos evolucionar como especie, adquirir espíritu crítico y conciencia, y acabar con las contradicciones de un sistema tanto político y económico como de valores que nos conduce a la debacle humana y ambiental. Utilizando correctamente el conocimiento, la ciencia, la tecnología y la educación, e impulsando los movimientos sociales, así como socializando todas nuestras conquistas, lograremos cambiar un sistema obsoleto que promueve las injusticias, la opresión y la eliminación del más débil por parte del más poderoso, por un sistema más humano, cooperativo y altruista, donde la humanidad progrese y evolucione concientemente.
 
C.H. Castellano

4 comentarios:

  1. Yo diría más; han asentado el pensamiento racional del ser humano durante demasiado tiempo y, aunque han ofrecido otra visión ajena al dogma religioso, se han arraigado en el dogma científico (y económico y político...) con la misma necesidad de salvación, del que parece ser que nos está costando abrir los ojos; han permitido diferenciar la superstición de los fenómenos naturales, por un lado, y por otro, fomentar la depredación social del sistema al interés de una “raza” (como si hubiera más de una) amparándose en las teorías darwinistas, lo que en un grupo gregario racionalmente le priva del valor moral de grupo, pues supuestamente somos seres sociables más que gregarios. Incluso los animales salvajes tienen más consideración por sus semejantes.

    La conducta humana, que se sepa, está influenciada por factores biológicos, también, no solo ambientales o de socialización. Depende pues de elementos psíquicos al igual que somáticos y funcionales (altura, motricidad, glóbulos blancos, extremidades, atributos sexuales, agudeza sensorial…). Está determinada por factores externos como los estímulos (que dependerán de dichos elemento) e internos (órganos y demás). También la conducta es movida por incentivos morales que maduran o se arraigan a medida que madura el sujeto biológicamente a partir de dicha estructura genética (que absorbe todo lo anterior mencionado) determinando en parte su personalidad (y la manifestación externa de esta), su conducta. Toda conducta es posible porque existe un organismo que interactúa con el medio que lo rodea, y este organismo tiene base biológica determinada por la información genética que capta de los estímulos. Puesto que la conducta se da gracias a este organismo su “base” es orgánica, genética; es insensato desligar la conducta humana o animal de genoma, ADN, cromosomas, alelos, células, enzimas…

    El caso de estudios de gemelos dicigóticos, que se sepa, comparten el 50% del material genético, y sus diferencias en cuanto al estudio de su temperamento (infancia) se deberían no solo a factores ambientales sino también genéticos. Sin embargo, también se ha constatado que con la edad los factores ambientales influyen más que los genéticos. Es decir que la experiencia es lo que determina que un genoma muestre un rango amplio de formas fenotípicas, que indudablemente forma parte de la totalidad de información “descendiente” (herencia genética) que transmite un organismo (genotipo).

    Más o menos. Nos guste o no la “selección natural” gobierna la naturaleza, y la humana también, pues no dejamos de ser un animal más; pero esta selección la establecen los individuos de una especie, voluntariamente o accidentalmente.

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  2. Y todo esto porque las son las absorciones o asimilaciones medioambientales entre las que se incluyen la cultura y socialización que moldea nuestra conducta, también son parte de la herencia genética. El problema es que no sabemos realmente la influencia que tienen la herencia genética sobre nuestra voluntad, por lo que la conducta puede no ser del todo una decisión de la persona.

    Parece ser que la empatía, el altruismo, así como ocurriría con todo tipo de conductas, sí tienen relación con la liberación (en un primer impulso o reacción) de cantidades determinadas en los procesos del organismo, lo que hace que determinados sucesos (causa) provoquen una determinada reacción (motivación) en el individuo, información que “absorbe” el gen.

    No se puede dejar de lado la biología solo porque el ser humano razone. Puede que incluso la moral quede supeditada a lo biológico en más aspectos de los que pensamos, y, aunque su influencia sea mínima, en una primera reacción ante un estímulo puede determinar o terminar por configurar un determinada personalidad y por tanto una determinada conducta; que nuestro comportamiento sea una mezcla entre genes (la parte que no controlamos) y medio ambiente (en el caso humano, la economía, la política, los mercados, el paro, el desamor, la pérdida, la industria, la traición, los celos, la envidia…) no es para nada descabellado. Sobre si la cultura o la moral imperantes en una sociedad pueden o no superar la influencia genética es algo que se está empezando a fraguar actualmente ante esta consciencia global del daño que se está haciendo a la Tierra y sus habitantes. Solo el tiempo lo dirá, o quizá la ciencia.

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  3. Sí que es cierto que el ser humano ya no puede valerse de su instinto para justificar sus actos, ya que este es capaz –en condiciones sicofísicas normales- de anteponer su razón o moralidad a su biología; y valorar el medio por el cual llega a un fin, pues tiene culpa y remordimientos; pero la ciencia, la neurobiología, por citar una especialidad, cada vez parece estar más convencida de que los instintos o impulsos sí son una influencia que no hay que despreciar: hormonas, sustancias químicas… De hecho, hay quienes sostienen que mientras no se modifiquen artificialmente estos parámetros biológicos no se obtendrá un patrón diferente de conducta humana, ya que esta parece haber llegado a su cenit como especie: todos los demás pasos serían detalles para pulir su estructura orgánica o mental, ya que dar un paso diferenciador más en la evolución supondría dejar de ser humanos. De hecho, más nos vale que haya una justificación biológica para dichos comportamientos, porque como seamos así por propia voluntad vamos apañados. De hecho, Pep Peragón, el altruista termina siendo consciente de que es egoísta su conducta solidaria hacia los demás, pues obtiene un beneficio mental y corporal del que, afortunadamente, suele terminar siendo “adicto” (sustancias químicas que influyen en la consecución del placer físico más que en el valor mental, moral –conducta aprendida según los preceptos éticos de una sociedad-, de ayudar al prójimo).

    El ser humano como cualquier otra especie transmite su información genética, que como dices, se nutre de la experiencia, que es lo que provoca el cambio morfológico -y mental- de los individuos de una especie para adaptarse al entorno y promover su supervivencia. Si el ser humano aboga por una vivencia no violenta, los individuos que con esa mentalidad se aparean y educan terminarán transmitiendo su sociabilidad a sus descendientes y, por tanto, es evolutivamente posible una sociedad cada vez menos violenta (quién sabe si Alfred Russel Wallace tuvo también algo que ver). Si unos padres tienen una buena condición social es casi seguro que los hijos sean capaces socialmente también. Cualidades consideradas humanas, también las poseen los animales; el hombre es racional y su falta de consideración ante sus semejantes lo suele carcome por dentro más ahora que hace años (véase como cada vez más ricos ayudan públicamente). Qué hace que unos ayuden o sientan vergüenza de sus posesiones y otros no, pues básicamente las condiciones culturales en las que ha desarrollado su personalidad, pero ¿también condiciones biológicas contra las que no pueden luchar? Eso parece. Es algo que se puede ver, no es necesario recurrir a estudios científicos para saber que las personas (no olvidemos que las sociedades contemporáneas viven mentalmente en épocas distintas) son menos violentas, y, por tanto, más solidarias o menos egoístas, a pesar de nuestra considerable “ignorancia” de por qué nos sentimos cada vez mejor ayudando.

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